15 días de prácticas con personas que marcan tu vida

Foto de grupo de alumnos de la Escuela de Fisioterapia de la ONCE en prácticas en el HNPT

02/Marzo/2017

Educación y empleo

Es curioso, porque cuando se me ocurrió dedicar unas líneas a mis prácticas en Toledo, en el Hospital de Parapléjicos, jamás pensé que quince días darían para tanto.

Como cualquier cosa que realizo en mí vida, que rompe la monotonía, afronté el primer día en Toledo con cierto nerviosismo. Es una ciudad que en su día pude ver, antes de perder la visión, y ahora volvía en otro contexto y situación jamás imaginados; como estudiante de fisioterapia de la Escuela de la ONCE y en prácticas.

Cuando llegamos todo era muy normal: el supervisor de fisioterapia nos enseñó las instalaciones, a las que intenté hacerme una idea con la ayuda de mi fiel perra guía, Telos, que en este momento me ha dado con el hocico, sabedora de que me estaba olvidando de ella.

Pero al entrar en su gigantesco gimnasio, algo me advirtió de que aquello era diferente: mis compañeros hablaban de que había mucha luz, jaulas de Rochert, camillas de Bobat… pero no, yo percibí alegría como la del patio de un colegio, algo distinto a otras salas de tratamiento conocidas.

Allí me presentaron a mi tutor Fernando y, sin más, empezamos con el tratamiento de la lesión medular de mi primera paciente, de voz alegre, joven e incluso atractiva. Tiene 30 años recién cumplidos; cayó al suelo mientras montaba a caballo y dejó de sentir las piernas. Empezamos a hablar, muy pronto comparte conmigo que quiere volver a montar, que tarde o temprano lo hará. Es una luchadora y nada parará sus sueños.

Pasamos al siguiente paciente, cada vez me queda más claro que Fernando y yo nos vamos a llevar bien. Me recibe la voz rasgada de Jesús diciendo que soy igual que el torero José Tomás. Nos reimos y hablamos de toros y del accidente de tráfico que le impide mover los brazos aunque sí puede caminar.

Todo va muy rápido, a pesar de que dedicamos un tiempo importante a cada paciente, y llega el siguiente, un joven que acabó regalándome morcillas de Burgos, conocedor de mi origen. Su voz suena algo macarra y juvenil. Enseguida doy con la clave; es un auténtico motero, compartimos la que puede ser la pasión de las pasiones, el increíble mundo del motociclismo. Este crack sufrió un accidente con su moto, siendo el más prudente, se llevó la peor parte, un coche no respetó un stop y le arrolló. Es de admirar, porque en 15 días hemos notado su evolución.
 
No sé por qué, pero en ese gimnasio el tiempo vuela. Ahora escucho un acento del sur que procede de un cartaginés de pura cepa y que, sin saber cómo, sufrió un infarto medular que le llevó de sentir un hormigueo por la pierna a estar en silla de ruedas. Esto no le impidió llevar a su hija al altar y volver a Toledo, a continuar su recuperación. Compartimos de nuevo confidencias.

La intensidad es tal que las jornadas y los días pasan volando. Un paciente más: voz femenina de unos 45 años, con mucha energía y mucha seguridad. Lo intuía, es una madre que, en una zambullida sufrió un grave accidente. Ya sólo se le resiste un pie con el que trabajamos duro para que el fin de semana pueda volver a casa con sus hijas y su marido.

Y como siempre, la vida te reserva sorpresas extraordinarias; allí apareció una persona que recordaré siempre, un joven de 23 años con una enfermedad llamada fibromatosis, que le hace moverse en una silla asistida eléctrica. Es el crack de los cracks, y sólo se equivocó en su elección futbolística (je, je) porque si hubiera alguien con el corazón y la fuerza que tiene él, la ribera del Manzanares estaría cubierta de copas de Europa.

Siempre he dicho que existe gente tocada por la varita, gente especial, gente que hace cosas maravillosas y, lo mejor de todo, que generalmente esas personas no se dan cuenta de esto. Desde el primer momento percibí que su energía era especial, que algo había en su forma de hablar y que algo quería hacer. Hasta ese momento, le había costado mucho andar, seguro que no encontraba una razón, pero vio a mi perra guía y dijo que el quería pasearla. Todos dudamos, pero agarrando fuerte la correa de Telos, nos pusimos a andar.

Sus pasos no tenían final, no quería parar; sentí que era un privilegiado por acompañar a alguien tan pequeño pero con tanta grandeza, agarrado a la correa de un animal con tal nobleza que giraba la cabeza para comprobar que su nuevo amigo de andares peculiares seguía ahí y, sobre todo, seguía bien. A este gran pequeño le doy las gracias por elegirnos.

Por estas y tantas otras emociones hemos circulado un grupo de estudiantes de fisioterapia, todos con discapacidad visual, en dos semanas en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, donde nos dio tiempo a reír, aprender, soñar y, por qué no, también a llorar de emoción. Una emoción que seguro que nos hace mejores profesionales y, por encima de todo, mejores personas.

 

José Luis García Serrano

Alumno de tercero en la Escuela de Fisioterapia de la ONCE

 

Manos que curan

 

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