Las luces y las sombras de los ceros y unos

Dos estudiantes manejan un ordenador adaptado para personas ciegas

17/Mayo/2018

Tiflotecnología

Seguro que nuestros padres serían incapaces de imaginar hace cuarenta  o cincuenta años cómo cambiaría nuestro mundo. Y qué decir de nuestros abuelos, para quienes recibir una llamada de allende los mares suponía un hito casi mágico, que se convertía en tema de conversación durante tardes de sobremesa con vecinos y amigos.  Pero incluso para quienes contamos con unos cuantos años menos, Internet nos llega a abrumar en ocasiones. Esta red de redes y todo lo que lleva aparejado ha cambiado nuestra vida, cómo nos relacionamos, cómo contratamos servicios, cómo disfrutamos del ocio, cómo estudiamos e incluso cómo trabajamos. La información fluye por cientos y cientos de kilómetros de fibra óptica a la velocidad de la luz codificada en cadenas interminables de ceros y unos. Parece magia pero no lo es.  Es tecnología aplicada al servicio de los ciudadanos.

Hablando con varios jóvenes hace un par de semanas me comentaban que ellos tomaban sus apuntes en tabletas y portátiles, los subían a la nube y los compartían con amigos; así podían comprobar si se habían olvidado de algo y compartir ejercicios, tareas y comentarios. Incluso, parece que estas redes han provocado cambios de gobierno o incluso la caída de regímenes, como es el caso de la Primavera Árabe que todos recordamos.

Las personas con discapacidad no somos ni debemos ser ajenas a estos cambios sociales:  para nosotros Internet ha supuesto un cambio muy importante y beneficioso de cómo accedemos a servicios, a la movilidad, al ocio o a la cultura... y qué decir del empleo y la educación. Un niño ciego puede contactar por e-mail con sus profesores y compañeros, puede descargarse de la red un documento en formato Word o pdf para consultarlo, buscar información en su ordenador que habla, etc. Como vemos, tiene a su alcance nuevas herramientas que facilitan su acceso a la educación y, por tanto, a la inclusión social. De igual forma, aquellas personas con discapacidad que trabajan pueden hacerlo utilizando herramientas que les permiten enviar correos electrónicos, consultar bases de datos, acceder a Internet para buscar información o manejar word y excel.

¿Y qué decir de la movilidad?. Ahora podemos conocer cuándo llega nuestro autobús a la parada, podemos planificar un viaje y comprar los billetes desde un ordenador o un teléfono inteligente, e incluso anticiparnos a posibles riesgos para nuestra integridad, como puede ser la presencia de obras en una calle o acera.  Lo mismo ocurre con la cultura y el ocio pues accedemos a vídeos y música de nuestra elección, a la propia Biblioteca Digital de la ONCE, o compartimos listas de reproducción desde nuestro domicilio, nuestros lugares de ocio o desde una playa estando de vacaciones.

La revolución de Internet se ha visto acrecentada por la aparición de las tabletas y los teléfonos inteligentes que nos permiten hacer todo esto y, además, hacerlo en cualquier lugar..  Esto es, hemos ganado en movilidad. Podemos ir en nuestro tren escuchando un libro digital y relajarnos pues el móvil nos avisará cuándo bajar.  Podemos pagar una compra con nuestro terminal sin preocuparnos de los billetes o las monedas, evitando así desagradables confusiones.

En definitiva, somos más autónomos, nos desplazamos más seguros, y mejoramos nuestra relación con el entorno y con las personas. La aparición de los asistentes virtuales como Siri también se han convertido en una fantástica herramienta para saber qué hora es, qué tiempo hace o para gestionar nuestra agenda, y en nuestro monje copista para mandar mensajes de todo tipo solo con dictarlos.

Pero, como toda moneda, al otro lado de la cara está la cruz. En este caso, además de los peligros que acechan en la red a las personas sin discapacidad (el debate de la privacidad, el robo de datos personales o bancarios; es decir, la ciberdelincuencia, la suplantación de identidades en redes sociales, etc.), tenemos otro problema que, si no corregimos, se convierte en un factor de exclusión, y que es la falta de accesibilidad y usabilidad en las webs y apps. Sin profundizar técnicamente en este tema digamos que, si una herramienta es accesible y usable, podrá ser utilizada por cualquier persona.  En caso contrario, ésta no podrá utilizarla y, por tanto, acceder a la información o servicios que proporcione.

Esto es realmente importante porque ya se habla de la exclusión tecnológica y se puede convertir en una nueva barrera de exclusión para aquellos colectivos con mayores dificultades, como pueden ser las personas con discapacidad visual. Evitemos que no se cumpla el ideal de internet, que era que cualquier persona del mundo pudiera utilizarla.

Hagamos de la Red un sitio seguro y accesible para todos.

 

Guillermo Hermida
Director del Centro de Investigación en Tecnologías
CIDAT ONCE

Compartir

¡Déjanos tu comentario!

Inicie sesión o regístrese para comentar