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Juegos Paralímpicos Tokyo 2020: una montaña rusa de emociones

Hace poco más de una semana que se apagó la llama paralímpica en Tokio. Finalizaban así unos Juegos muy exitosos para el Equipo Paralímpico Español, pero muy diferentes para cualquiera de los deportistas o periodistas que estábamos presentes en el Estadio Olímpico de la capital nipona. 
 
Era uno de los pocos privilegiados que pude acceder a ver la ceremonia de clausura donde desfiló portando la bandera española Marta Fernández, una de las grandes estrellas del Equipo Paralímpico Español al conseguir tres medallas (oro, plata y bronce) en natación. Terminaban así veinte días de emociones: de alegrías y tristezas, de risas y lágrimas, de victorias y derrotas, de calor y frío. Todo con enorme intensidad, como cuando te subes a una montaña rusa. 
 
A la emoción de poder viajar a cubrir el evento más importante del deporte paralímpico a nivel mundial se unía la incertidumbre y el nerviosismo en los días previos a coger el avión hasta Japón. Y es que la pandemia y la situación sanitaria obligaba a realizar tantas gestiones que a uno le acababan entrando dudas de si tenía todo correcto: dos PCR con resultado negativo; certificado de vacunación; plan de actividad diario aprobado con sedes a las que podía acceder; descarga de una aplicación para informar de tu estado de salud; y otra aplicación para informarte de si tienes algún contacto cercano que fuera positivo. 
 
Ah, y lo más importante que casi pasa desapercibido: pasaporte, pre acreditación de los Juegos, dinero (yenes en este caso) y el ordenador con sus adaptadores para poder trabajar. Con todo ello y tras 20 horas de viaje más otras tres en el aeropuerto de Haneda (con test de saliva incluido), logré coger la maleta y,  junto al resto de periodistas españoles que íbamos a informar en Tokio, llegar al hotel (primero en bus y luego en taxi individual) con éxito. 
 
Allí comenzaron tres días de cuarentena en los que sólo podíamos salir 30 minutos para comprar comida o entregar el test de saliva diario, no sin antes apuntar en recepción la hora de salida-llegada y nuestro número de habitación. Un desayuno a base de lechuga y un trozo de salmón bastante plastificado, yogur y fruta en almíbar me esperaba en una caja de cartón todos los días al despertar, algo que no invitaba mucho a abrir el ojo. 
 
Pronto llegó la inauguración de los Juegos. Empezaba lo bueno, aquello que ya había hecho en Turín ´06, Pekín ´08 o Londres ´12 (Río 2016 y Pyeongchang 2018 los cubrí en TVE): desplazarte a ver a nuestros deportistas españoles en todas las disciplinas en las que participaron; coger declaraciones después de la competición y darle a la tecla (creo que el ordenador ha hecho bastantes horas extra). Y como algunas sedes estaban relativamente cerca andando pues tocaba echarse la mochila a la espalda y patear parte de la ciudad, hasta el punto de que la primera semana anduve una media de 19 kilómetros diarios. 
 
Las horas de soledad desayunando y cenando en la habitación se contrarrestaban viendo la capacidad de superación y esfuerzo de cualquiera de nuestros deportistas de élite. Sólo pensar en los 33º C y 85% de humedad que tuvieron que soportar los triatletas bien merecía un madrugón a las 5:30 horas para estar a su lado. Y escuchar el himno de tu país a 10.700 kilómetros de tu casa porque Susana Rodríguez y Sara Loehr habían conseguido la medalla de oro, compensaba la incomodidad de llevar la ropa calada toda la mañana (luego vino la ducha y un refresco con frutos secos para compensar la bajada de tensión). 
 
Así fueron transcurriendo los días entre el judo, el tenis, el fútbol para ciegos, el tenis de mesa, atletismo, basket en silla o natación. Días en los que siempre caía una medalla y se sucedía la rapidez por informar a la sociedad española a través de las redes sociales, la web del Comité Paralímpico Español o la de la ONCE. Los grupos de WhatsApp echaban humo con fotos, videos, sonidos, textos... todos conocíamos la mecánica de trabajo y gracias al buen elenco de profesionales que conformábamos el operativo de información en www.paralimpicos.es logramos hacer una labor exquisita, más bien perfecta. 
 
En mi retina se quedarán la medalla de plata de Sergio Ibáñez en judo, después de una decisión arbitral discutible que le hizo salir llorando del tatami; la medalla de bronce de Alejandro Sánchez Palomero en triatlón (fue el primer deportista paralímpico que conocí en el año 2004); o la medalla de plata de Miriam Martínez, un descubrimiento de persona, por encima de deportista, para mi: todo corazón, sonrisas, cariño y esfuerzo. Con ella me salté un poco el protocolo (llevaba más de catorce días en Tokio) para hacernos una foto tras recibir la medalla y entrevistarla: la ocasión lo merecía. 
 
Tampoco olvidaré los pequeños sinsabores de la selección española de fútbol ciegos que por un gol no alcanzó las semifinales; el combate de Marta Arce en su lucha por la medalla de bronce; o la cara de tristeza de Álvaro Valera tras caer derrotado ante Gran Bretaña en un partido de tenis de mesa más que disputado y que le impidió alcanzar la final junto a su compañero inseparable, Jordi Morales. Al fin y al cabo, esto es deporte, pero elevado a la enésima potencia. 
 
Pero por encima de todo me quedo con la experiencia vivida junto a un grupo de periodistas inigualable (faltaba Almudena que dio positivo dos días antes de viajar a Tokio y a la que eché de menos), sin rivalidades, donde las ganas de ayudar y generar buen rollo estaban muy por delante de todo lo demás. Así da gusto vivir unos Juegos Paralímpicos y disfrutar de esta montaña rusa llena de emociones que espero poder volver a experimentar dentro de tres años en París 2024
 
 
Jaime Mulas Granados
Periodista. Gabinete Prensa ONCE
6 Juegos Paralímpicos en la mochila

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