Lo que he aprendido sobre jugar con responsabilidad
21 / Maio / 2026
Vendedor de la ONCE en su quiosco ubicado en una estación de tren por la que transita mucha gente

El juego forma parte de nuestra vida desde que somos pequeños. Jugamos antes incluso de saber explicar por qué lo hacemos. Jugamos para aprender, para estar con otros, para celebrar, para probar suerte y en definitiva para emocionarnos. Hay algo profundamente humano en esa mezcla de ilusión y azar. Por eso, hablar de juego responsable no debería ser hablar solo de normas, límites o advertencias, aunque todo eso sea necesario. Debería ser, sobre todo, hablar de cómo queremos relacionarnos con el juego como sociedad.

Durante mi etapa como investigador postdoctoral en la Cátedra Extraordinaria de Juego Responsable y su Comunicación, nacida de la colaboración entre la Universidad Complutense de Madrid y la ONCE, estoy aprendido precisamente eso: que el juego responsable no es una etiqueta, sino una forma de mirar a las personas. Detrás de cada investigación, de cada jornada, y de cada informe hay una misma pregunta de fondo: ¿cómo podemos proteger mejor sin dejar de reconocer que el juego, cuando se vive de manera sana, también puede ser una actividad social, cotidiana y compartida?

Mi aprendizaje ha ido muy unido a conocer más de cerca la labor de la ONCE. Desde fuera, muchas veces se la identifica con sus productos de juego. Es lógico, puesto que el cupón o los rascas forman parte del paisaje diario de nuestras calles. Pero cuando uno se acerca un poco más, descubre que la ONCE no es simplemente un operador de juego. O, al menos, no lo es en el sentido en el que solemos imaginar esa expresión. La ONCE es un grupo social que utiliza productos de juego para financiar algo mucho más grande: inclusión, empleo, autonomía y acompañamiento a miles de personas con discapacidad.

Esa idea, que parece sencilla, cambia por completo la mirada. En la ONCE, el juego no es el fin, sino el medio. El verdadero centro está en las personas. Está en quienes venden cada día en un quiosco o a pie de calle, en quienes reciben apoyo para estudiar, trabajar o moverse con mayor autonomía, es decir en quienes encuentran oportunidades donde antes había barreras. Y también está en la sociedad española, que participa de ese modelo casi sin darse cuenta, a través de un gesto tan cotidiano como comprar un cupón.

Por eso creo que necesitamos crear lo que podríamos llamar “cultura ONCE”: que la ciudadanía conozca de verdad qué hay detrás de esta organización, qué representa y por qué forma parte de nuestro patrimonio social. La ONCE no es solo una marca reconocible ni una entidad histórica. Algo que no se queda en las palabras, sino que se traduce en oportunidades reales.

Desde la Cátedra hemos intentado aportar nuestro pequeño grano de arena a esa tarea. Hemos trabajado en investigaciones sobre cómo se perciben distintas formas de juego, en estudios sobre asociaciones implícitas vinculadas al riesgo y en propuestas para mejorar la comunicación con los usuarios de JuegosONCE, entre muchas otras. También hemos analizado fenómenos que preocupan especialmente, como las cajas botín en videojuegos y su posible relación con dinámicas de juego entre menores. Todo ello nos ha recordado que la prevención no puede ir por detrás de la realidad, sino que tiene que estar atenta a los nuevos canales y hábitos. Especialmente valiosas han sido iniciativas como el Hackathon de Juego Responsable, donde estudiantes universitarios han pensado campañas para comunicar mejor y proteger más, o espacios de encuentro como el Curso de Verano de El Escorial sobre adicciones comportamentales. En todos esos lugares he visto algo que me parece fundamental: el juego responsable no se construye desde un despacho, sino escuchando a todos los colectivos relacionados con él.

La Semana del Juego Responsable, que comienza el 18 de mayo, es una buena ocasión para detenernos y pensar en todo esto. Jugar puede ser una actividad alegre y compartida, pero solo si se hace con información y conciencia. Y en el caso de la ONCE, además, jugar responsablemente significa participar en una historia colectiva de inclusión.

Quizá esa sea la mayor lección que me llevo: que detrás de la palabra “juego” puede haber mucho más que azar.

 

Guillermo Mejías
Guillermo Mejías

Investigador Cátedra Extraordinaria de Investigación sobre Juego Responsable y su Comunicación

Compartir :

Otras publicaciones

Publicador de contidos