Oliver, el mediador que incluye dos jóvenes con sordoceguera en un campamento
Este verano he tenido la oportunidad de trabajar como mediador comunicativo en un campamento de la ONCE en Murcia. Una experiencia que me ha permitido seguir aprendiendo y creciendo tanto a nivel profesional como personal, y que me ha dejado momentos difíciles de olvidar.
Mi labor ha consistido en acompañar a Lucía y Rafa, dos jóvenes participantes con sordoceguera, durante todas las actividades del campamento. Mi objetivo era adaptar la información y la comunicación para que ambos pudieran participar activamente, comprender lo que sucedía a su alrededor y disfrutar de la misma experiencia que el resto del grupo.
Además de interpretar y explicar las actividades en Lengua de Signos Española (LSE), también he buscado en cada momento la manera de hacerlas accesibles. Porque acompañar no significa únicamente trasladar una información, sino encontrar los apoyos necesarios para que cada persona pueda tomar parte, decidir, comunicarse y sentirse incluida.
Uno de los aspectos más importantes de mi trabajo ha sido facilitar la comunicación entre Lucía y Rafo con los demás participantes en el campamento, tanto menores como el resto del personal. Al principio, la lengua de signos resultó desconocida para buena parte del grupo, pero poco a poco comenzaron a aparecer la curiosidad, las preguntas y las ganas de aprender.
Los propios menores sin discapacidad mostraron interés por conocer algunos signos y descubrir otras formas de comunicarse. Empezaron aprendiendo pequeños gestos para saludar, preguntar o iniciar una conversación. Después llegaron los juegos compartidos, los intentos por entenderse y esos momentos en los que ya no era necesaria ninguna explicación, porque la voluntad de comunicarse hacía el resto.
Ver cómo trataban de interactuar con Lucía y Rafo, cómo preguntaban, saludaban o simplemente compartían un juego utilizando lengua de signos fue una de las partes más gratificantes de la semana. No se trataba de dominar una lengua nueva en unos días, sino de dar un primer paso hacia el otro; de comprender que existen diferentes maneras de expresarse y que, cuando hay interés, paciencia y ganas de compartir, la comunicación siempre puede abrirse camino.
Esa curiosidad y ese deseo de incluir a todos hicieron que la convivencia fuera mucho más enriquecedora. La lengua de signos dejó de ser algo desconocido para convertirse en una herramienta de encuentro. Cada nuevo signo aprendido era también una pequeña puerta que se abría entre los participantes.
Creo que la accesibilidad no consiste solo en eliminar barreras, sino también en crear oportunidades para que todas las personas puedan participar, comunicarse y sentirse parte del grupo. Desde mi papel como mediador comunicativo he intentado aportar ese apoyo, adaptando la comunicación cuando ha sido necesario y favoreciendo que la inclusión se produjera de una manera natural.
Cuando se ofrecen los apoyos adecuados, todas las personas pueden participar y aportar algo al grupo. La accesibilidad beneficia directamente a quienes la necesitan, pero también transforma la experiencia de quienes se encuentran a su alrededor. Nos ayuda a descubrir otras formas de comunicarnos, amplía nuestra manera de mirar y nos enseña que la diversidad puede enriquecer cada actividad y cada espacio.
Me marcho del campamento con muy buenos recuerdos y con la satisfacción de haber contribuido a que Lucía y Rafo pudieran vivir plenamente esta experiencia. También me llevo el aprendizaje que siempre dejan este tipo de actividades y todas esas escenas cotidianas que muestran que la inclusión se construye en los pequeños gestos. Ha sido, sin duda, una semana muy especial. Una de esas experiencias que reafirman la importancia de seguir trabajando por una sociedad más accesible, inclusiva y consciente de la diversidad. Una sociedad en la que comunicarse de una manera diferente no sea una barrera, sino una nueva oportunidad para encontrarnos.
mediador comunicativo de la Fundación ONCE Sordoceguera